Una pared blanca, un solo cuadro colgando de ella, un sofá de líneas rectas, algún cojín de color posado en él y una mesa baja con una televisión encima. Esto podría ser la descripción de un salón típico de un catálogo de Ikea. Pero es más que eso, es la definición de un estilo que marcó un antes y un después en la historia de la arquitectura: el minimalismo.

Para describir esta corriente artística solo hay que usar tres palabras: “menos es más”. Ludwig Mies van der Rohe fue el arquitecto que popularizó esta frase en el pasado siglo. Es una expresión muy característica de la arquitectura moderna, pero se ha popularizado tanto que ya se puede leer incluso en libros de autoayuda. Sin duda, es una frase que ha marcado a la sociedad.

Es interesante saber el origen de expresiones que se escuchan cotidianamente, Sin embargo, no es el objetivo de este blog. Así, que vamos a hablar de arquitectura en su forma más simple.

El minimalismo se basa en los espacios interiores abiertos, con luminosidad y sin secretos, donde se pueden apreciar los materiales utilizados para la construcción. El protagonismo aquí se lo lleva el edificio en sí y no los adornos que puedan llamar más la atención. Se caracteriza por simplificarlo todo con formas geométricas básicas y colores neutros, es decir, reducir al mínimo los elementos que componen el espacio.

La tendencia minimalista surgió en Nueva York en los años 60 y parece que no va a pasar de moda. Quizá la clave esté en lo económico que puede resultar este estilo, ya que casi no hay que invertir en decoración. Además, los materiales que se emplean en la construcción también son simples, por lo que se les puede añadir el adjetivo “barato”. Estos espacios están formados por muebles y suelos de madera y una estructura en la que el cemento alisado y el cristal son esenciales para dar la sensación de amplitud jugando con la luminosidad.

En cuanto a los colores, los tonos suaves son los predominantes: distintos tipos de blanco, beige y colores tostados. El negro también se incorpora, pero habitualmente aparece en muebles y algunos pequeños adornos que proporcionen un poco de contraste al entorno. Además de pequeños toques de colores más fuertes, como el rojo o el verde agua, que aparecen en cojines, alfombras o algún objeto de decoración pequeño y con formas lisas. Una casa de estilo minimalista contará con techos altos, una buena iluminación y la ausencia de cortinas, o en el caso contrario, algún estor traslúcido que deje pasar la luz.

En Japón, llevan esta tendencia al extremo. Cada vez se ven más apartamentos prácticamente vacíos, que solo disponen de varios objetos esenciales para el día a día como un colchón (ni siquiera una cama), una silla y una mesa plegable y algunos utensilios de cocina. La superpoblación en este país hace que sus ciudadanos se tengan que adaptar a vivir en espacios muy pequeños. Asimismo, al ser una zona donde los terremotos son habituales, al reducir el mobiliario reducen también las posibilidades de lesionarse al caerles algo encima debido a los temblores.

¿Qué os parece este estilo? ¿Os convence? Parece que puede gustarnos por el simple hecho de gastar menos y por la sensación de pureza y elegancia. Sin embargo, gracias al reciclaje, a la restauración y un poquito de maña e imaginación podemos crear estilos más ornamentados sin gastar más que en algunos botes de pintura y pegamento.